18/MAR/2018
Programa Semana Santa 2018: Arquidiócesis de San Juan
Horarios e información sobre las celebraciones durante la semana santa
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04/MAR/2018
Fiesta mariana en Punta Santiago
La comunidad de Punta Santiago fue una de las más devastadas por el paso del huracán María.
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14/ENE/2018
Reinstalan imagen original de Patrona Nacional en su 165 Aniversario
Se reinstal en el camarn que se ubica en la Catedral San Juan Bautista, en Viejo San Juan
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Homilía Solemnidad Nuestra Señora Madre de la Divina Providencia
Mensaje especial de Vicario General
Comunicado de Prensa sobre orden del Tribunal de Apelaciones.pdf
Expresiones del Arzobispo sobre asuntos en los medios.pdf
Retiro Cuaresmal de la Curia 2018
VAE_La Administracion Economica al servicio de la pastoral Parroquial_LuzDZ
Homilía Solemnidad Nuestra Señora Madre de la Divina Providencia
MONS. ROBERTO OCTAVIO GONZÁLEZ NIEVES, OFM - ARZOBISPO DE SAN JUAN DE PUERTO RICO

1. A cuarenta y nueve años del Decreto Papal Hace 49 años, en noviembre de 1969, un gran Papa, Pablo VI (hoy San Pablo VI), el Papa que fue el timonel del Concilio Vaticano II, uno de los grandes hijos de la Iglesia Universal, firmó un decreto, un hermoso, histórico y profético decreto. Ese decreto papal era para Puerto Rico y para los puertorriqueños y puertorriqueñas de ese entonces, y para los de ahora y para los de las futuras generaciones.

Aunque la Iglesia, en su universalidad es muy grande, y nuestras islas un archipiélago muy pequeño, Puerto Rico, desde su primera evangelización, siempre ha sido un terruño muy grande en amor y lealtad a la Iglesia y sus pontífices.

Disponía ese decreto que una advocación de la Virgen, una advocación de las más tiernas, de las más dulces, de las más acogedoras, Nuestra Señora y Madre de la Divina Providencia, fuera declarada como ”Patrona Principal de Toda la Nación Puertorriqueña.” Un decreto valiente, a petición del Cardenal Aponte.

Ser patrona, no es otra cosa que ser protectora, y la Iglesia Universal, con ese sublime, paternal, pastoral, solícito y profético decreto ha querido que María, bajo la advocación de Nuestra Señora de la Divina Providencia sea nuestra protectora, sea quien tenga un especial cuidado, una tierna mirada, un lugar cálido en su corazón para proteger la dignidad, la identidad, los legítimos derechos y el alma borincana sobre ocho millones de boricuas, los de aquí y los de la diáspora: ¡todos y todas como el coquí!

Así que con este decreto, cada boricua, esté donde esté, puede decirle con toda confianza, sano orgullo y devoción a María, Nuestra Señora de la Divina Providencia y al mundo entero, ¡Mira, “Yo soy boricua, pa’ que tú lo sepas”!

Para que sepas que eres nuestra protectora, para que sepas protegernos de tantas amenazas, incertidumbres, economistas buitres, colonizadores ideológicos, riesgos, sufrimientos, políticos irreverentes y colonizadores y ataques a nuestra dignidad e identidad.

Y, para que María Santísima, también sepa hacer con esta tierra, devastada no solo por la naturaleza, huracanes y terremotos, sino por otros males, lo que mejor ella sabe hacer: ¡conservarnos en su corazón, donde tiene también conserva a su Hijo, Jesús! A partir de ese decreto, que hoy motiva esta santa misa, Puerto Rico y los puertorriqueños y puertorriqueñas dejamos de ser un pueblo huérfano, sin madre protectora. Ser un pueblo huérfano, sin una madre tan especial es ser un pueblo a la deriva. Sobre esto de ser un pueblo huérfano, viene a mi recuerdo una anécdota del Papa Francisco:

”Cuando un cristiano me dice, no que no ama a la Virgen, sino que no le nace buscar a la Virgen o rezar a la Virgen, yo me siento triste. Recuerdo una vez, hace casi 40 años, yo estaba en Bélgica, en un congreso, y había una pareja de catequistas, ambos profesores universitarios, con hijos, una hermosa familia, y hablaban muy bien de Jesucristo. A un cierto punto dije: «¿Y la devoción a la Virgen?». «Nosotros hemos superado esa etapa. Nosotros conocemos tanto a Jesucristo que no necesitamos a la Virgen». Y lo que surgió en mi mente y en mi corazón fue: «¡Bah..., pobres huérfanos!». Es así, ¿no? Porque un cristiano sin la Virgen es huérfano. También un cristiano sin Iglesia es un huérfano“.

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