El diálogo
MONS. ROBERTO OCTAVIO GONZÁLEZ NIEVES, OFM - ARZOBISPO DE SAN JUAN DE PUERTO RICO
“El mundo se ahoga sin diálogo” (Papa Francisco, discurso a la Comunidad de San Egidio, 15 de junio de 2014). Estas palabras del Papa Francisco encierran una gran verdad que tristemente enfrentamos a diario; y Puerto Rico no es la excepción. Sin diálogo no solamente se ahoga el mundo, se ahogan las buenas ideas y los buenos proyectos, se cancelan los buenos esfuerzos y terminamos ahogando las esperanzas de un pueblo, los sueños de la niñez y la paz de su vejez, personas de la edad dorada, cuyo oro es haber servido bien a nuestro pueblo durante gran parte de sus vida. En Puerto Rico hemos caído ante la cultura de la adversidad que se opone fatalmente a la cultura del diálogo. Esta cultura de la adversidad se torna aún más peligrosa en los tiempos de crisis que estamos viviendo. Esa cultura de la adversidad es la que nos dice que el otro no es mi prójimo, sino mi contrario; que el que piensa distinto a mí, es mi enemigo; es la cultura del botín, del discrimen, de la mezquindad. Es una cultura que no extiende puentes porque su naturaleza es dividir, diezmar, fraccionar, construir muros. Y no los hace con cemento, varillas u hormigón, sino con odio, con violencia, con la fuerza del mollero, con la intolerancia, con la difamación, con atacar la dignidad humana. Tristemente es una cultura entronizada no solamente en nuestro sistema judicial, sino que lo está en nuestro modo de hacer política, de gobernar, de predicar, de evangelizar, de educar, de protestar, de constituirnos en mayorías y en minorías políticas y económicas, hasta en la manera de comunicarnos y de defender nuestras posturas y creencias. Puerto Rico, en medio de una crisis fiscal, económica y laboral, que raya en lo humanitario no puede darse el lujo de privilegiar ni incentivar por más tiempo esta cultura de la adversidad. Por el contrario, debemos abrirnos a la cultura del diálogo que evita que nos ahoguemos los unos a los otros. Sin ese diálogo tan necesario, corremos el riesgo de prolongar esta crisis que vivimos, de hacerla más difícil de digerir y corregir; corremos el riesgo de ser el verdugo del hermano y no su prójimo como lo ordena la fe cristiana de la que tanto nos preciamos profesar; corremos el riesgo de ser el carcelero y no el guardián del que sufre como lo ordena el principio de solidaridad y la caridad cristiana.
Decía el Papa Francisco que “el diálogo derriba los muros de las divisiones y de las incomprensiones; crea puentes de comunicación y no permite que nadie se aísle, encerrándose en su pequeño mundo”. (Audiencia, 22 de octubre de 2016). ¿Acaso no es ese un paso esencial para echar a Puerto Rico adelante, para sacarlo de esta crisis? Sin diálogo Puerto Rico nunca saldrá de sus crisis, sin el diálogo desaparecemos porque perdemos la capacidad de ver en el otro el amor artesanal de Dios. A veces, como pueblo, criticamos el muro de cemento y varilla que se propone en la frontera entre Estados Unidos y México, pero a diario no escatimamos esfuerzos en construir muros políticos, muros ideológicos, muros sociales, muros de fe, muros de respeto y tolerancia, muros de hielo en nuestros hogares y lugares de trabajo. Construimos muros políticos cuando no queremos dialogar sincera y serenamente con la oposición o acallamos su voz; construimos muros ideológicos cuando vemos en el que piensa distinto a mí un adversario; construimos muros sociales cuando ponemos distancia contra aquel que viste distinto a mí, o que tiene un color de la piel al que la sociedad injusta y prejuiciadamente lo desvaloriza y construimos un muro de fe cuando utilizamos nuestras creencias religiosas para aislarnos de otras personas por su credo, por su estilo de vida y por la manera de vivir y expresar su fe. Hoy puede ser ese momento trascendental en nuestras vidas en que comencemos a forjar en Puerto Rico la cultura del diálogo auténtico, verdadero, sereno, claro, creativo y productivo. Un diálogo donde a veces es más importante y fecundo la escucha del otro que el hablar propio. Oportunamente continuaré con la reflexión de este tema del diálogo por entenderlo parte del evangelio de la comunicación y por ser una herramienta valiosísima para la convivencia fraterna en nuestro querido Puerto Rico. Que el Señor les bendiga y les guarde.

Roberto Octavio González Nieves, O.F.M.
Arzobispo de San Juan de Puerto Rico


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